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PRIMERA CHAQUETA CON MI HERMANA un dia viendo una pelicula porno mi hermana me hizo mi primera chaqueta.
Relato erotico:
El Gabinete: El Gabinete
ANTECAMARA: Una habitación de una mansión victoriana, que da a la parte trasera, a lo más umbrío jardín. El balcón está entreabierto y deja pasar débilmente las últimas luces de la tarde.
Un lecho para la entrega: amplia cama de latón dorado, barrotes con embolados en el cabecero, alto dosel con colgaduras de terciopelo crema recogidas en las columnas con una cinta de raso, colcha edredón blanca que la cubre hasta el suelo y cojines bordados.
Una cómoda lacada en crema con múltiples cajones, unos con ropa interior de mujer y de niña, toda blanca o con detalles azul o rosa pálidos, telas de raso, de hilo, de encaje, bordados, ganchillo, bolillos, lazos; otros con toallas de todos los tamaños, otros con ropa de cama, sábanas inmaculadamente blancas y primorosamente bordadas. Pero el contenido de uno de ellos es especial: cajitas, ordenados como un fichero, por el anverso se ve una tarjeta color sepia escrita con caligrafía muy personal: 16/V/85 Begoña Vida. 18/III/86 Carmen Atardecer. 24/VI/86 Inmaculada Azul. 27/IX/86 Merche Intimidad..., en el interior de cada una se guarda una braga cuidadosamente doblada: Terso algodón sin más adorno que una flor bordada, Satén y encaje vaporoso y brillante, Inmaculado perlé tejido a ganchillo orlado de lazos de raso rosa, Bordados y calado sobre delicado lienzo blanco...Prendas íntimas de las que acabaron despojándose cuantas pasaron por esta habitación, sensibilidad femenina desvelada, pudor violado de mujeres y niñas.
LA CAMARA DE EXPLORACION: Abriendo una puera oculta tras cortinas de encaje y cortinones de terciopelo accedemos a un recinto que se ilumina de pronto, refulgente, todo blanco: suelo paredes y techo.
En el centro destaca un antiguo sillón de ginecólogo, armazón de tubo esmaltado, estribos de acero, respaldo de madera pintada en blanco. Tesoro de chamarilero: en él fueron exploradas las féminas de bastantes buenas familias de una posguerra provinciana y en él se les realizaron a candorosas jovencitas o a inocentes muchachas de servicio prácticas horrendamente condenadas por los poderes que sustentaban a los mismos causantes; pero, eso sí, bajo capa de imprescindibles legrados o inevitable operación de cuantioso coste y discretísima ejecución. Ahora era un altar de sumisión y de entrega.
Allí las espera las gobernanta: porte alto y elegante, vestido negro recto, manga larga pegada al antebrazo, largura hasta la rodilla con una pequeña abertura atrás, medias negras, zapatos de charol negro y tacón alto. Muchas perlas refulgiendo, gruesa sortija, pulsera en la mano izquierda, collar con tres vueltas. Se toca con un casquete con tupido velo negro que impide verle los ojos, tan sólo resaltan sus labios estrictamente perfilados y esmaltados de rojo al igual que sus uñas, son el reclamo que advierte a la sierva como orden de que debe acercarse.
Las largas y afiladas manos de piel nacarada deshacen el lazo de la pechera de la larga bata, la toma de los hombros por atrás y se la retira depositándola sobre un banquillo, permanece por detrás y acaricia con la yema de su dedos los hombros de la sierva sólo cubierto por los tirantes del camisón, que los perfila con la afiladas uñas de su dedos índice, bajando por el borde de la espalda, recorriendo bajo sus sobacos y subiendo por la orla de encaje de los pechos, tira levemente con ambas manos hacia afuera para que caigan los tirantes y el encaje y queden los pálidos senos al aire. Prosigue bajando el camison como quien aflora una delicada fruta de su vaina hasta descubrir su espalda y su vientre. Para que pueda seguir corriendo la prenda suelta una lazada de raso que cae sobre sus nalgas, afloja la cintura y el camisón acaba resbalando por las caderas y cayendo a los pies como un blanco pedestal.
Es conducida por el ama hasta el centro de la habitación, donde está la mesa de exploraciones, cubierta con una sábana blanca, sobre la que es extendida. La mirada fija en la lámpara del techo es deslumbrada y sólo borrosamente divisa al doctor que se acerca a su lado: una figura blanca sobre la que destaca un antifaz de cuero negro en su parte superior. Desliza las tijeras quirúrgicas, rozando la piel con la punta, desde el cuello, pasando por el canal de los pechos, el vientre, deteniéndose en el ombligo donde ahonda levemente haciendo un círculo, para proseguir el trayecto hasta topar con la cinturilla de la braga, abriéndolas para encajar entre los dos filos el elástico ribeteado con uns piquitos, cerrándolas para que quede cortado y pueda seguir rasgando el encaje que cede sin esfuerzo como espuma derramada sobre el pubis que se devela al romperse la tela: hilos de seda dorada ensortijados en suave rizo y colocados en vértice. La tijera detiene su corte al llegar al refuerzo de la entrepierna y hurga levemente en la comisura de los labios podándolo de los pocos pelitos que la cubren. Con dos enérgicos y certeros tajos en ambas perneras la prenda intima queda totalmente rasgada. Todo el cuerpo desvelado, mórbido y con una ligera rigidez bajo los rayos del foco.
Empapan su vello con una esponja y siente correr el agua tibia entre los labios hasta llegar al ano. Un chorrito de gel azul traslúcido cae sobre la base del pubis y una mano femenina lo distribuye en masajes circulares convirtiéndose en una espuma que cubre todo de blanco, incluída su vulva que es descubierta abriendole las piernas. La cuchilla acerada va deslizándose en trazos largos hacia abajo, apretando ligeramente la piel, estirando los labios, hasta hacer desaparecer todo rastro de espuma y vello. La piel ligeramente enrojecida recobra su palidez al recibir las gotas frescas de un tónico.
Las manos femeninas toman ambas piernas y las colocan firmemente ancladas en los estribos a ambos lados del sillón. Unas vendas sujetan tobillos y muñecas a los anclajes, es imposible incorporarse, apenas erguir el busto. Dos fuertes manos masculinas muestran ante su vista instrumentos metálicos para ella desconocidos, destellan bajo la luz, siente su frio y su dureza cuando se los pasan por los labios y los pómulos y empujan sus párpados para que los cierre y se hace la oscuridad, sellada por una venda que cae sobre sus ojos y queda anudada en su nuca. Un lecho para la entrega: amplia cama de latón dorado, barrotes con embolados en el cabecero, alto dosel con colgaduras de terciopelo crema recogidas en las columnas con una cinta de raso, colcha edredón blanca que la cubre hasta el suelo y cojines bordados.
Una cómoda lacada en crema con múltiples cajones, unos con ropa interior de mujer y de niña, toda blanca o con detalles azul o rosa pálidos, telas de raso, de hilo, de encaje, bordados, ganchillo, bolillos, lazos; otros con toallas de todos los tamaños, otros con ropa de cama, sábanas inmaculadamente blancas y primorosamente bordadas. Pero el contenido de uno de ellos es especial: cajitas, ordenados como un fichero, por el anverso se ve una tarjeta color sepia escrita con caligrafía muy personal: 16/V/85 Begoña Vida. 18/III/86 Carmen Atardecer. 24/VI/86 Inmaculada Azul. 27/IX/86 Merche Intimidad..., en el interior de cada una se guarda una braga cuidadosamente doblada: Terso algodón sin más adorno que una flor bordada, Satén y encaje vaporoso y brillante, Inmaculado perlé tejido a ganchillo orlado de lazos de raso rosa, Bordados y calado sobre delicado lienzo blanco...Prendas íntimas de las que acabaron despojándose cuantas pasaron por esta habitación, sensibilidad femenina desvelada, pudor violado de mujeres y niñas.
LA CAMARA DE EXPLORACION: Abriendo una puera oculta tras cortinas de encaje y cortinones de terciopelo accedemos a un recinto que se ilumina de pronto, refulgente, todo blanco: suelo paredes y techo.
En el centro destaca un antiguo sillón de ginecólogo, armazón de tubo esmaltado, estribos de acero, respaldo de madera pintada en blanco. Tesoro de chamarilero: en él fueron exploradas las féminas de bastantes buenas familias de una posguerra provinciana y en él se les realizaron a candorosas jovencitas o a inocentes muchachas de servicio prácticas horrendamente condenadas por los poderes que sustentaban a los mismos causantes; pero, eso sí, bajo capa de imprescindibles legrados o inevitable operación de cuantioso coste y discretísima ejecución. Ahora era un altar de sumisión y de entrega.
Allí las espera las gobernanta: porte alto y elegante, vestido negro recto, manga larga pegada al antebrazo, largura hasta la rodilla con una pequeña abertura atrás, medias negras, zapatos de charol negro y tacón alto. Muchas perlas refulgiendo, gruesa sortija, pulsera en la mano izquierda, collar con tres vueltas. Se toca con un casquete con tupido velo negro que impide verle los ojos, tan sólo resaltan sus labios estrictamente perfilados y esmaltados de rojo al igual que sus uñas, son el reclamo que advierte a la sierva como orden de que debe acercarse.
Las largas y afiladas manos de piel nacarada deshacen el lazo de la pechera de la larga bata, la toma de los hombros por atrás y se la retira depositándola sobre un banquillo, permanece por detrás y acaricia con la yema de su dedos los hombros de la sierva sólo cubierto por los tirantes del camisón, que los perfila con la afiladas uñas de su dedos índice, bajando por el borde de la espalda, recorriendo bajo sus sobacos y subiendo por la orla de encaje de los pechos, tira levemente con ambas manos hacia afuera para que caigan los tirantes y el encaje y queden los pálidos senos al aire. Prosigue bajando el camison como quien aflora una delicada fruta de su vaina hasta descubrir su espalda y su vientre. Para que pueda seguir corriendo la prenda suelta una lazada de raso que cae sobre sus nalgas, afloja la cintura y el camisón acaba resbalando por las caderas y cayendo a los pies como un blanco pedestal.
Es conducida por el ama hasta el centro de la habitación, donde está la mesa de exploraciones, cubierta con una sábana blanca, sobre la que es extendida. La mirada fija en la lámpara del techo es deslumbrada y sólo borrosamente divisa al doctor que se acerca a su lado: una figura blanca sobre la que destaca un antifaz de cuero negro en su parte superior. Desliza las tijeras quirúrgicas, rozando la piel con la punta, desde el cuello, pasando por el canal de los pechos, el vientre, deteniéndose en el ombligo donde ahonda levemente haciendo un círculo, para proseguir el trayecto hasta topar con la cinturilla de la braga, abriéndolas para encajar entre los dos filos el elástico ribeteado con uns piquitos, cerrándolas para que quede cortado y pueda seguir rasgando el encaje que cede sin esfuerzo como espuma derramada sobre el pubis que se devela al romperse la tela: hilos de seda dorada ensortijados en suave rizo y colocados en vértice. La tijera detiene su corte al llegar al refuerzo de la entrepierna y hurga levemente en la comisura de los labios podándolo de los pocos pelitos que la cubren. Con dos enérgicos y certeros tajos en ambas perneras la prenda intima queda totalmente rasgada. Todo el cuerpo desvelado, mórbido y con una ligera rigidez bajo los rayos del foco.
Empapan su vello con una esponja y siente correr el agua tibia entre los labios hasta llegar al ano. Un chorrito de gel azul traslúcido cae sobre la base del pubis y una mano femenina lo distribuye en masajes circulares convirtiéndose en una espuma que cubre todo de blanco, incluída su vulva que es descubierta abriendole las piernas. La cuchilla acerada va deslizándose en trazos largos hacia abajo, apretando ligeramente la piel, estirando los labios, hasta hacer desaparecer todo rastro de espuma y vello. La piel ligeramente enrojecida recobra su palidez al recibir las gotas frescas de un tónico.
Las manos femeninas toman ambas piernas y las colocan firmemente ancladas en los estribos a ambos lados del sillón. Unas vendas sujetan tobillos y muñecas a los anclajes, es imposible incorporarse, apenas erguir el busto. Dos fuertes manos masculinas muestran ante su vista instrumentos metálicos para ella desconocidos, destellan bajo la luz, siente su frio y su dureza cuando se los pasan por los labios y los pómulos y empujan sus párpados para que los cierre y se hace la oscuridad, sellada por una venda que cae sobre sus ojos y queda anudada en su nuca.
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